La importancia del «No sé»

Hace años, cuando comenzaba mis estudios en la universidad, circulaba una creencia bastante popular, según la cual el bachillerato colombiano era superior al estadounidense. Se basaba esta opinión en que, supuestamente, el estudiante colombiano recibía más instrucción, y en más materias que el norteamericano. “Los bachilleres gringos no saben nada” era casi un refrán. Confío en que las cosas hayan cambiado, y que esta opinión ya no tenga acogida.

Quienes compartían esta opinión compartían también una particular concepción de la educación, según la cual el propósito de esta es llenarle al estudiante la cabeza de datos, hechos, y fechas. Para ellos, Sócrates era un pésimo maestro pues, según nos cuenta Platón, no les enseñaba nada a sus discípulos, limitándose a cuestionarlos. Parece también que, lejos de presumir de su sabiduría, pregonaba su ignorancia.

El estudiante mejor preparado para la universidad no es quién sabe mucho, ni quién tiene las mejores respuestas. Es aquel que hace las mejores preguntas. En mi campo, ningún talento es más valioso que la habilidad para hacer preguntas inteligentes. Esta habilidad se puede enseñar, y eso era precisamente lo que Sócrates buscaba con sus preguntas. Paso esencial en el proceso educativo es animar en el alumno una cierta falta de respeto para con la autoridad. Al cuestionar al estudiante, y cuando el estudiante aprende a cuestionarse a sí mismo, las fronteras de su ignorancia se ensanchan y se hacen más claras. Así destila lo que sabe, y dirige su atención hacia lo que no sabe, que es casi todo.

Una de las labores del profesor es la de ayudarle al estudiante a conocer, y a reconocer sin empacho, su ignorancia. En mi programa de doctorado en la universidad de Columbia, en Nueva York, se le exigía al estudiante, antes de empezar su tesis, demostrar su competencia en varios campos, como la biología celular (requerimiento bastante típico). Había dos maneras de demostrarla: tomando el curso de biología celular que ofrecía el departamento (y obteniendo una cierta calificación), o presentando un examen de suficiencia. Pensando que no tenía nada que perder, y ansioso de darle todo mi tiempo al laboratorio, decidí tomar el examen de suficiencia. Constaba de cuatro preguntas, y cuatro horas para completarlo. Las tres primeras no presentaban ninguna dificultad, pero eran laboriosas. Sobre la cuarta no tenía ni idea. Mi respuesta fue breve: “I don’t know”. Unos pocos días después me llegó el mensaje de que Cyrus Levinthal, el profesor más veterano del departamento, deseaba discutir mi examen conmigo. Cuando entré a su oficina, me recibió amablemente, y tras unas pocas frases de cortesía, fue al grano: “Hace tanto tiempo que no oíamos a un estudiante decir “no sé”, que hemos decidido pasarte. Felicitaciones”. Ese semestre sólo yo pasé el examen de biología celular.

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