¿Qué le debemos a la UdeA?

Cualquier deuda que podamos tener con la UdeA es de orden moral y afectivo, no legal. Podemos decir, por lo tanto, que no le debemos nada, si eso es lo que nuestra conciencia nos dicta. Pero yo algo le debo pues, a pesar de sus muchos defectos, me he beneficiado de su labor.

Creo también que, como institución pública, necesita el soporte de toda la sociedad. Pero también es cierto que, si todos le debemos algo, nadie le debe más que sus exalumnos. ¿Qué le dan ellos? Pues prácticamente nada. Mis averiguaciones no me permitieron encontrar en la red ninguna organización universitaria dedicada a buscar el apoyo de los exalumnos. En el 2014 aparece en la red una mención de un nuevo Fondo de donaciones llamado Amigos de la UdeA, que cuenta con una página para hacer donaciones, pero desde entonces, nada. No se ven reportes de ingresos, ni programas, ni uso de los fondos. Nada. Una llamada a la U no me dió ningún resultado. Esto es como de aficionados.

Como punto de comparación quiero poner como ejemplo a Carleton College, donde trabajo desde hace 22 años. Carleton es una institución pequeña; tiene tan solo unos 2,000 estudiantes. Pero lo que le falta en tamaño, le sobra en calidad. El fondo anual (el que podríamos llamar el fondo de amigos de Carleton) recibe unos diez millones de dólares al año (treinta y siete mil millones de pesos al cambio de hoy), producto, en su mayoría, de la generosidad de los exalumnos y sus familias. Pero aquí se da “tesoro y talento”, es decir, que además de las donaciones de dinero, se dan tiempo y trabajo. Pero este no es el límite: con regularidad Carleton hace campañas para aumentar su capital. La última, que acaba de terminar, recogió quinientos millones de dólares. El 60% de los exalumnos contribuyó. Estos fondos, manejados prudentemente, constituyen la base económica que nos permite brindar ayuda económica a la mitad de nuestros estudiantes.

¿Cuál es el perfil de estos exalumnos? Imposible definirlos, pero pongo dos ejemplos: recientemente Carleton estaba planeando un nuevo edificio de ciencias. El costo, según los arquitectos contratados, sería de unos 90 millones de dólares. Se necesitaba de un apoyo fuerte por parte del consejo directivo. Uno de los miembros de ese consejo, exalumna y dama muy rica, arrancó con un cheque de 20 millones de dólares. Otros siguieron su ejemplo. El nuevo edificio, Anderson Hall, recibió su nombre en honor a una pionera de la investigación, Evelyn Anderson, exalumna y co-descubridora de la hormona adrenocorticotrópica. ¿Si los ricos no dan, quien lo hará? Pero nuestros ricos son ricos pordioseros, atesorando cada billetico.

El segundo ejemplo es la familia de Frank Shigemura. Durante la segunda guerra mundial la familia se vio internada en un campo de concentración en el medio oeste de los Estados Unidos. Con mucho cabildeo de una organización japonés-americana, se obtuvo el permiso para que Frank fuese a la universidad, si es que alguna lograba sobreponerse al racismo anti-japonés que imperaba. Carleton lo recibió con los brazos abiertos. Luego, cuando Frank trató de alistarse en el ejército para ir a combatir a los nazis en Europa, fue rechazado. Una fuerte carta del decano de Carleton logró que el ejército lo admitiese. Frank murió en combate en 1944. Luego de su muerte, sus padres establecieron una correspondencia con el entonces presidente de Carleton, el legendario explorador polar Laurence McKinley Gould. Las cartas de los Shigemura iban frecuentemente acompañadas de un cheque. Cuando un funcionario de Carleton visitó a la familia durante unos de sus viajes para fortalecer las relaciones con exalumnos, se descubrió que los Shigemura vivían en la pobreza. El presidente Gould les escribió, agradeciéndoles sus sacrificios, y rogándoles con delicadeza que usaran sus recursos para cuidar de sí mismos. Las donaciones cesaron. Uno de los proyectos que se me asignaron como decano asociado fue el de renovar bellamente el salón de clases establecido en honor a Frank Shigemura. Esta relación con nuestros exalumnos no se compra con plata. Los hilos de afecto que nos unen van mucho más allá. No sé hasta donde lleguen los de la UdeA.

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